LAS «ETIQUETAS» ENCASILLAN

EDUCAR SIN «ETIQUETAS»

LAS ETIQUETAS ENCASILLAN

 

Ya de adultos habrá quien nos recuerde por nuestra timidez infantil, por nuestro genio, por ser unos trastos, por lo buenísimos que éramos (normalmente quiere decir obedientes) o al contrario. Por ser el mejor de la clase o el peor. Podríamos encontrar infinidad de ejemplos.

Todos hemos vivido la influencia de las etiquetas. Pensemos por un momento cómo nos hemos sentido y si hemos podido o no escapar de ellas.

Las etiquetas encasillan. Y muchas veces de por vida. Pueden convertirse en una carga muy pesada.

Es fundamental entender que NO es necesario definirse en todo momento y lugar. Que no somos de una determinada manera, sino de muchas. Según el momento, lugar y circunstancia en la que nos encontremos.

Desde hace años está en auge el síndrome por hiperactividad. Los diagnósticos de este tipo han crecido exponencialmente, con lo que eso conlleva (incluso tratamiento farmacológico). Aunque empiezan a levantarse voces interesantes que matizan o están en contra de este diagnóstico.

Lo cierto es que los niños tienen muchísima energía, mucha más que los adultos y ahí encontramos un verdadero desajuste. Ahora no recuerdo el nombre del autor que con gran acierto manifestaba que «no hay niño hiperactivo tras 12 horas de actividad al aire libre».

No siempre tenemos una percepción acertada de lo que es normal en los niños. Pretendemos erróneamente que mientras comemos o tomamos café, los niños estén quietos, leyendo, jugando sin hacer ruido. Vivimos en una sociedad en la que no está bien visto que los niños se muevan, griten, jueguen activamente. En general es molesto. Lo que conlleva tratar de controlar esa gran energía de los niños. En otras culturas se acepta de forma natural que los niños estén revoloteando mientras los adultos están reunidos.

También quiero destacar que el ritmo madurativo de cada niño es diferente. Siempre resalto que cada niño es único. Es imposible que todos los niños adquieran capacidades y conocimientos al mismo ritmo y en el mismo momento. Es fundamental tenerlo presente.

Un ejemplo real: mi hijo pequeño, desde muy chiquitín ha compartido sus cosas con otros niños. Un día, por iniciativa propia quiso regalarle un juego a su mejor amigo. Como es lógico respetamos su iniciativa. Hasta ahí estupendo. Los dos niños tan felices. El problema surgió cuando los padres del otro niño, se sintieron obligados (aunque mi hijo no había reclamado nada, no era un trueque, era un regalo) a que su hijo correspondiera de la misma forma. El amiguito no estaba aun preparado y no tenía la menor intención de deshacerse de su muñeco. Los padres insistían y el crio cada vez se enfadaba más hasta llegar a un buen berrinche. Con la consiguiente apreciación de los padres: «no sabe compartir, es muy egoísta…» Estamos hablando de niños de 2, 3 años.

Hay una franja temporal en que hay niños que han adquirido ya la capacidad de compartir y otros que no. Hay que respetar y entender el momento evolutivo de cada uno.

Las etiquetas no son buenas.

Cuando hacemos creer a un niño que es de una determinada manera, malo, trasto, introvertido, rebelde, torpe, serio, responsable, obediente, complaciente, listo… Tenderá a comportarse de esa manera. Y le costará mucho convencer a los demás de que no es así, que tiene muchas cualidades diferentes, como ser único y maravilloso que es.

Los niños se identifican con la forma en que los vemos, esto condiciona su conducta. Van a intentar cumplir con lo que el adulto espera de ellos. También lo pueden utilizar como una forma de llamar la atención (si necesitan más atención del adulto).

Por ejemplo, si un niño tiene la «fama» de trasto, lo normal es que cumpla con las expectativas del adulto que le ha hecho creer que es de esa manera. Al fin y al cabo, «el adulto es el que sabe». Si se le considera mal estudiante, y no se confía en sus posibilidades, minará la confianza en sí mismo y en sus posibilidades reales de mejora y esfuerzo. Si es etiquetado de bueno y obediente, lo será, y a lo mejor no porque considere que su comportamiento es el adecuado, sino porque tiene que cumplir con lo que se espera de él/ ella, lo que puede llevar a la sumisión y falta de asertividad (ser capaz de decir no y saber transmitir las propias necesidades). De la misma manera si confiamos en ellos y en sus capacidades ellos también confiarán.

Es normal que no nos guste todo de nuestros hijos. A nadie le gusta absolutamente todo de otra persona. Aun así, seguro que tienen muchas más cualidades que áreas de mejora. Con la educación y experiencia se irán matizando y mejorando algunas, otras será complicado de cambiar o imposible, cada uno tiene su temperamento. Lo importante es reforzar, hacer hincapié en lo bueno, potenciarlo, utilizarlo a su favor. Y dejarles siempre bien claro, que aunque hayan hecho algo que no nos ha gustado (es la conducta la que no nos ha gustado, no ellos), siempre les seguimos queriendo, pase lo que pase. Que no les quede ninguna duda.

La identidad personal.

La identidad personal se va forjando a lo largo de la vida, desde el nacimiento hasta la vejez. Está en continuo cambio y evolución. No es estática.

Cambiamos según lo que sucede en nuestra vida y a lo largo de ella. Aprendemos, cambiamos, tenemos distintas necesidades y gustos según el momento vital en el que nos encontramos. No pensamos ni vivimos igual con 20 que con 40 años.

Los niños tienen su identidad, pero no son conscientes de ella hasta la adolescencia, etapa evolutiva en la cual se busca activamente tener una identidad personal propia y/o de grupos afines y desmarcarse de otras. Este proceso es largo y enriquecedor.

Empecemos por aceptarles nosotros tal y como son. Como seres únicos y maravillosos. Demostrémosles que aunque no siempre estamos de acuerdo en todo, aunque nos podamos enfadar, aunque un comportamiento concreto no nos guste, les seguimos amamos por igual.

Dejemos a nuestros hijos libres de etiquetas, para que descubran su maravillosa y única personalidad. Para que descubran sus fortalezas y sus debilidades. Para que estén abiertos al cambio. Y que se acepten como son realmente, con sus momentos, con sus circunstancias, con su evolución.

Lola Alaminos Hervás: Licenciada en psicología por la UAM. Colegiada Número 27322.

Contacto: lolagadi@gmail.com y en Facebook Abrazos y Sonrisas. Crianza con Amor

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